LA ARAUCANA (ALONSO DE ERCILLA Y ZÚÑIGA)

Mientras no se conocieron las letras, o no era de uso general la

escritura, el depósito de todos los conocimientos estaba confiado a

la poesía. Historia, genealogías, leyes, tradiciones religiosas,

avisos morales, todo se consignaba en cláusulas métricas, que,

encadenando las palabras, fijaban las ideas, y las hacían más

fáciles de retener y comunicar. La primera historia fue en verso. Se

cantaron las hazañas heroicas, las expediciones de guerras, y todos

los grandes acontecimientos, no para entretener la imaginación de

los oyentes, desfigurando la verdad de los hechos con ingeniosas

ficciones, como más adelante se hizo, sino con el mismo objeto que

se propusieron después los historiadores y cronistas que escribieron

en prosa. Tal fue la primera epopeya o poesía narrativa: una

historia en verso, destinada a trasmitir de una en otra generación

los sucesos importantes para perpetuar su memoria.

Mas, en aquella primera edad de las sociedades, la ignorancia, la

credulidad y el amor a lo maravilloso, debieron por precisión

adulterar la verdad histórica y plagarla de patrañas, que,

sobreponiéndose sucesivamente unas tras otras, formaron aquel cúmulo

de fábulas cosmogónicas, mitológicas y heroicas en que vemos

hundirse la historia de los pueblos cuando nos remontamos a sus

fuentes. Los rapsodos griegos, los escaldos germánicos, los bardos

bretones, los troveres franceses, y los antiguos romanceros

castellanos, pertenecieron desde luego a la clase de poetas

historiadores, que al principio se propusieron simplemente

versificar la historia; que la llenaron de cuentos maravillosos y de

tradiciones populares, adoptados sin examen, y generalmente creídos;

y que después, engalanándola con sus propias invenciones, crearon

poco a poco y sin designio un nuevo genero, el de la historia

ficticia. A la epopeya-historia, sucedió entonces la epopeya

histórica, que toma prestados sus materiales a los sucesos

verdaderos y celebra personajes conocidos, pero entreteje con lo

real lo ficticio, y no aspira ya a cautivar la fe de los hombres,

sino a embelesar su imaginación.

En las lenguas modernas se conserva gran número de composiciones que

pertenecen a la época de la epopeya-historia. ¿Qué son, por ejemplo,

los poemas devotos de Gonzalo de Berceo, sino biografías y

relaciones de milagros, compuestas candorosamente por el poeta, y

recibidas con una fe implícita por sus crédulos contemporáneos?

No queremos decir que después de esta separación, la historia,

contaminada más o menos por tradiciones apócrifas, dejase de dar

materia al verso. Tenemos ejemplo de lo contrario en España, donde

la costumbre de poner en coplas los sucesos verdaderos, o reputados

tales, que llamaban más la atención subsistió largo tiempo, y puede

decirse que ha durado hasta nuestros días, bien que con una notable

diferencia en la materia. Si los romanceros antiguos celebraron en

sus cantares las glorias nacionales, las victorias de los reyes

cristianos de la Península sobre los árabes, las mentidas proezas de

Bernardo del Carpio, las fabulosas aventuras de la casa de Lara, y

los hechos, ya verdaderos, ya supuestos, de Fernán González, Ruy

Díaz y otros afamados capitanes; si pusieron algunas veces a

contribución hasta la historia antigua, sagrada y profana; en las

edades posteriores el valor, la destreza y el trágico fin de

bandoleros famosos, contrabandistas y toreros, han dado más

frecuente ejercicio a la pluma de los poetas vulgares y a la voz de

los ciegos.

En el siglo XIII, fue cuando los castellanos cultivaron con mejor

suceso la epopeya-historia. De las composiciones de esta clase que

se dieron a luz en los siglos XIV y XV, son muy pocas aquellas en

que se percibe la menor vislumbre de poesía. Porque no deben

confundirse con ellas, como lo han hecho algunos críticos

traspirenaicos, ciertos romances narrativos, que, remedando el

lenguaje de los antiguos copleros, se escribieron en el siglo XVII,

y son obras acabadas, en que campean a la par la riqueza del ingenio

y la perfección del estilo(14).

Hay otra clase de romances asistencia, viejos que son narrativos, pero sin

designio histórico. Celébranse en ellos las lides y amores de

personajes extranjeros, a veces enteramente imaginarios; y a esta

clase pertenecieron los de Galvano, Lanzarote del Lago, y otros

caballeros de la Tabla Redonda, es decir, de la corte fabulosa de

Arturo, rey de Bretaña (a quien los copleros llamaban Artus); o los

de Roldán, Oliveros, Baldovinos, el marqués de Mantua, Ricarte de

Normandía, Guido de Borgoña, y demás paladines de Carlomagno. Todos

ellos no son más que copias abreviadas y descoloridas de los

romances que sobre estos caballeros se compusieron en Francia y en

Inglaterra desde el siglo XI. Donde empezó a brillar el talento

inventivo de los españoles, fue en los libros de caballería.

Luego que la escritura comenzó a ser más generalmente entendida,

dejó ya de ser necesario, para gozar del entretenimiento de las

narraciones ficticias, el oírlas de la boca de los juglares y

menestrales, que, vagando de castillo en castillo y de plaza en

plaza, y regocijando los banquetes, las ferias y las romerías,

cantaban batallas, amores y encantamientos, al son del harpa y la

vihuela. Destinadas a la lectura y no al canto, comenzaron a

componerse en prosa: novedad que creemos no puede referirse a una

fecha más adelantada que la de 1300. Por lo menos, es cierto que en

el siglo XIV se hicieron comunes en Francia los romances en prosa.

En ellos, por lo regular, se siguieron tratando los mismos asuntos

que antes: Alejandro de Macedonia, Arturo y la Tabla Redonda,

Tristán y la bella Iseo, Lanzarote del Lago, Carlomagno y sus doce

pares, etc. Pero una vez introducida esta nueva forma de epopeyas o

historias ficticias, no se tardó en aplicarla a personajes nuevos,

por lo común enteramente imaginarios; y entonces fue cuando

aparecieron los Amadises, los Belianises, los Palmerines, y la

turbamulta de caballeros andantes, cuyas portentosas aventuras

fueron el pasatiempo de toda Europa en los siglos XV y XVI. A la

lectura y a la composición de esta especie de romances, se

aficionaron sobremanera los españoles, hasta que el héroe inmortal

de la Mancha la puso en ridículo, y la dejó consignada para siempre

al olvido.

La forma prosaica de la epopeya no pudo menos de frecuentarse y

cundir tanto más, cuanto fue propagándose en las naciones modernas

el cultivo de las letras, y especialmente el de las artes

elementales de leer y escribir. Mientras el arte de representar las

palabras con signos visibles fue desconocido totalmente, o estuvo al

alcance de muy pocos, el metro era necesario para fijarlas en la

memoria, y para trasmitir de unos tiempos y lugares a otros los

recuerdos y todas las revelaciones del pensamiento humano. Mas, a

medida que la cultura intelectual se difundía, no sólo se hizo de

menos importancia esta ventaja de las formas poéticas, sino que,

refinado el gusto, impuso leyes severas al ritmo, y pidió a los

poetas composiciones pulidas y acabadas. La epopeya métrica vino a

ser a un mismo tiempo menos necesaria y más difícil; y ambas causas

debieron extender más y más el uso de la prosa en las historias

ficticias, que destinadas al entretenimiento general se

multiplicaron y variaron al infinito, sacando sus materiales, ya de

la fábula, ya de la alegoría, ya de las aventuras caballerescas, ya

de un mundo pastoril no menos ideal que el de la caballería

andantesca, ya de las costumbres reinantes; y en este último género,

recorrieron todas las clases de la sociedad y todas las escenas de

la vida, desde la corte hasta la aldea, desde los salones del rico

hasta las guaridas de la miseria y hasta los más impuros escondrijos

del crimen.

Estas descripciones de la vida social, que en castellano se llaman

novelas (aunque al principio sólo se dio este nombre a las de corta

extensión, como las Ejemplares de Cervantes), constituyen la epopeya

favorita de los tiempos modernos, y es lo que en el estado presente

de las sociedades representa las rapsodias del siglo de Homero y los

romances rimados de la media edad. A cada época social, a cada

modificación de la cultura, a cada nuevo desarrollo de la

inteligencia, corresponde una forma peculiar de historias ficticias.

La de nuestra tiempo es la novela. Tanto ha prevalecido la afición a

las realidades positivas, que hasta la epopeya versificada ha tenido

que descender a delinearlas, abandonando sus hadas y magos, sus

islas y jardines encantados, para dibujarnos escenas, costumbres y

caracteres, cuyos originales han existido o podido existir

realmente. Lo que caracteriza las historias ficticias que se leen

hoy día con más gusto, ya estén escritas en prosa o en verso, es la

pintura de la naturaleza física y moral reducida a sus límites

reales. Vemos con placer en la epopeya griega y romántica, y en las

ficciones del Oriente, las maravillas producidas por la agencia de

seres sobrenaturales; pero sea que esta misma, por rica que parezca,

esté agotada, o que las invenciones de esta especie nos empalaguen y

sacien más pronto, o que, al leer las producciones de edades y

países lejanos, adoptemos como por una convención tácita, los

principios, gustos y preocupaciones bajo cuya influencia se

escribieron, mientras que sometemos las otras al criterio de

nuestras creencias y sentimientos habituales, lo cierto es que

buscamos ahora en las obras de imaginación que se dan a luz en los

idiomas europeos, otro género de actores y de decoraciones,

personajes a nuestro alcance, agencias calculadas, sucesos que no

salgan de la esfera de lo natural y verosímil. El que introdujese

hoy día la maquinaria de la Jerusalén Libertada en un poema épico,

se expondría ciertamente a descontentar a sus lectores.

Y no se crea que la musa épica tiene por eso un campo menos vasto en

que explayarse. Por el contrario, nunca ha podido disponer de tanta

multitud de objetos eminentemente poéticos y pintorescos. La

sociedad humana, contemplada a la luz de la historia en la serie

progresiva de sus transformaciones, las variadas fases que ella nos

presenta en las oleadas de sus revoluciones religiosas y políticas,

son una veta inagotable de materiales para los trabajos del

novelista y del poeta. Walter Scott y lord Byron han hecho sentir el

realce que el espíritu de facción y de secta es capaz de dar a los

caracteres morales, y el profundo interés que las perturbaciones del

equilibrio social pueden derramar sobre la vida doméstica. Aun el

espectáculo del mundo físico, ¿cuántos nuevos recursos no ofrece al

pincel poético, ahora que la tierra, explorada hasta en sus últimos

ángulos, nos brinda con una copia infinita de tintes locales para

hermosear las decoraciones de este drama de la vida real, tan vario

y tan fecundo de emociones? Añádanse a esto las conquistas de las

artes, los prodigios de la industria, los arcanos de la naturaleza

revelados a la ciencia; y dígase si, descartadas las agencias de

seres sobrenaturales y la magia, no estamos en posesión de un caudal

de materiales épicos y poéticos, no sólo más cuantioso y vario, sino

de mejor calidad que el que beneficiaron el Ariosto y el Tasso.

¡Cuántos siglos hace que la navegación y la guerra suministran

medios poderosos de excitación para la historia ficticia! Y sin

embargo, lord Byron ha probado prácticamente que los viajes y los

hechos de armas bajo sus formas modernas son tan adaptables a la

epopeya como lo eran bajo las formas antiguas; que es posible

interesar vivamente en ellos sin traducir a Homero, y que la guerra,

cual hoy se hace, las batallas, sitios y asaltos de nuestros días,

son objetos susceptibles de matices poéticos tan brillantes como los

combates de los griegos y troyanos, y el saco y ruina de Ilión.

Nec minimum meruere decus vestigia graeca

Ausi deserere et celebrare domestica facta.

En el siglo XVI, el romance métrico llegaba a su apogeo en el poema

inmortal del Ariosto, y desde allí empezó a declinar, hasta que

desapareció del todo, envuelto en las ruinas de la caballería

andantesca, que vio sus últimos días en el siglo siguiente. En

España, el tipo de la forma italiana del romance métrico es el

Bernardo del obispo Valbuena, obra ensalzada por un partido

literario mucho más de lo que merecía, y deprimida consiguientemente

por otro con igual exageración e injusticia. Es preciso confesar que

en este largo poema algunas pinceladas valientes, una paleta rica de

colores, un gran número de aventuras y lances ingeniosos, de bellas

comparaciones y de versos felices, compensan difícilmente la

prolijidad insoportable de las descripciones y cuentos, el impropio

y desatinado lenguaje de los afectos, y el sacrificio casi continuo

de la razón a la rima, que, lejos de ser esclava de Valbuena, como

pretende un elegante crítico español, le manda tiránica, le tira acá

y allá con violencia, y es la causa principal de que su estilo

narrativo aparezca tan embarazado y tortuoso.

El romance métrico desocupaba la escena para dar lugar a la epopeya

clásica, cuyo representante es el Tasso: cultivada con más o menos

suceso en todas las naciones de Europa hasta nuestros días, y

notable en España por su fecundidad portentosa, aunque generalmente

desgraciada, La Austriada, el Monserrate, y la Araucana, se reputan

por los mejores pomas de este género, en lengua castellana escritos;

pero los dos primeros apenas son leídos en el día sino por literatos

de profesión, y el tercero se puede decir que pertenece a una

especie media, que tiene más de histórico y positivo, en cuanto a

los hechos, y por lo que toca a la manera, se acerca más al tono

sencillo y familiar del romance.

Aun tornando en cuenta la Araucana si adhiriésemos al juicio que han

hecho de ella algunos críticos españoles y de otras naciones, sería

forzoso decir que la lengua castellana tiene poco de qué gloriarse.

Pero siempre nos ha parecido excesivamente severo este juicio. El

poema de Ercilla se lee con gusto, no sólo en España y en los países

hispano-americanos, sino en las naciones extranjeras; y esto nos

autoriza para reclamar contra la decisión precipitada de Voltaire, y

aun contra las mezquinas alabanzas de Boutterweek. De cuantos han

llegado a nuestra noticia(15), Martínez de la Rosa ha sido el

primero que ha juzgado a la Araucana con discernimiento; mas, aunque

en lo general ha hecho justicia a las prendas sobresalientes que la

recomiendan, nos parece que la rigidez de sus principios literarios

ha extraviado alguna vez sus fallos(16). En lo que dice de lo mal

elegido del asunto, nos atrevemos a disentir de su opinión. No

estamos dispuestos a admitir que una empresa, para que sea digna del

canto épico, deba ser grande, en el sentido que dan a esta palabra

los críticos de la escuela clásica; porque no creemos que el interés

con que se lee la epopeya, se mida por la extensión de leguas

cuadradas que ocupa la escena, y por el número de jefes y naciones

que figuran en la comparsa. Toda acción que sea capaz de excitar

emociones vivas, y de mantener agradablemente suspensa la atención,

es digna de la epopeya, o, para que no disputemos sobre palabras,

puede ser el sujeto de una narración poética interesante, ¿Es más

grande, por ventura, el de la Odisea que el que eligió Ercilla? ¿Y

no es la Odisea un excelente poema épico? El asunto mismo de la

Ilíada, desnudo del esplendor con que supo vestirlo el ingenio de

Homero, ¿a qué se reduce en realidad? ¿Qué hay tan importante y

grandioso en la empresa de un reyezuelo de Micenas, que,

acaudillando otros reyezuelos de la Grecia, tiene sitiada diez años

la pequeña ciudad de Ilión, cabecera de un pequeño distrito, cuya

oscurísima corografía ha dado y da materia a tantos estériles

debates entre los eruditos? Lo que hay de grande, espléndido y

magnífico en la Ilíada, es todo de Homero.

Bajo otro punto de vista, pudiera aparecer mal elegido este asunto.

Ercilla, escribiendo los hechos en que él mismo intervino, los

hechos de sus compañeros de armas, hechos conocidos de tantos,

contrajo la obligación de sujetarse algo servilmente a la verdad

histórica. Sus contemporáneos no le hubieran perdonado que

introdujese en ellos la vistosa fantasmagoría con que el Tasso

adornó los tiempos de la primera cruzada, y Valbuena, la leyenda

fabulosa de Bernardo del Carpio. Este atavío de maravillas, que no

repugnaba al gusto del siglo XVI, requería, aun entonces, para

emplearse oportunamente y hacer su efecto, un asunto en que el

trascurso de los siglos hubiese derramado aquella oscuridad

misteriosa que predispone a la imaginación a recibir con docilidad

los prodigios: Datur haec venia antiquitati ut miscendo humana

divinis primordia urbium augustiora faciat. Así es que el episodio

postizo del mago Fitón es una de las cosas que se leen con menos

placer en la Araucana. Sentado, pues, que la materia de este poema

debía tratarse de manera que, en todo lo sustancial, y especialmente

en lo relativo a los hechos de los españoles, no se alejase de la

verdad histórica, ¿hizo Ercilla tan mal en elegirla? Ella sin duda

no admitía las hermosas tramoyas de la Jerusalén o del Bernardo.

Pero ¿es éste el único recurso del arte para cautivar la atención?

La pintura de costumbres y caracteres vivientes, copiados al natural

no con la severidad de la historia, sino con aquel colorido y

aquellas menudas ficciones que son de la esencia de toda narrativa

gráfica, y en que Ercilla podía muy bien dar suelta a su

imaginación, sin sublevar contra sí la de sus lectores y sin

desviarse de la fidelidad del historiador mucho más que Tito Livio

en los anales de los primeros siglos de Roma; una pintura hecha de

este modo, decimos, era susceptible de atavíos y gracias que no

desdijesen del carácter de la antigua epopeya, y conviniesen mejor a

la era filosófica que iba a rayar en Europa. Nuestro siglo no

reconoce ya la autoridad de aquellas leyes convencionales con que se

ha querido obligar al ingenio a caminar perpetuamente por los

ferrocarriles de la poesía griega y latina. Los vanos esfuerzos que

se han hecho después de los días del Tasso para componer epopeyas

interesantes, vaciadas en el molde de Homero y de las reglas

aristotélicas, han dado a conocer que era ya tiempo de seguir otro

rumbo. Ercilla tuvo la primera inspiración de esta especie; y si en

algo se le puede culpar, es en no haber sido constantemente fiel a

ella.

Para juzgarle, se debe también tener presente que su protagonista es

Caupolicán, y que las concepciones en que se explaya más a su sabor,

son las del heroísmo araucano. Ercilla no se propuso, como Virgilio,

halagar el orgullo nacional de sus compatriotas. El sentimiento

dominante de la Araucana es de una especie más noble: el amor a la

humanidad, el culto de la justicia, una admiración generosa al

patriotismo y denuedo de los vencidos. Sin escasear las alabanzas a

la intrepidez y constancia de los españoles, censura su codicia y

crueldad. ¿Era más digno del poeta lisonjear a su patria, que darle

una lección de moral? La Araucana tiene, entre todos los poemas

épicos, la particularidad de ser en ella actor el poeta; pero un

actor que no hace alarde de sí mismo, y que, revelándonos, como sin

designio, lo que pasa en su alma en medio de los hechos de que es

testigo, nos pone a la vista, junto con el pundonor militar y

caballeresco de su nación, sentimientos rectos y puros que no eran

ni de la milicia, ni de la España, ni de su siglo.

Aunque Ercilla tuvo menos motivo para quejarse de sus compatriotas

como poeta que como soldado, es innegable que los españoles no han

hecho hasta ahora de su obra todo el aprecio que merece; pero la

posteridad empieza ya a ser justa con ella. No nos detendremos a

enumerar las prendas y bellezas que, además de las dichas, la

adornan; lo primero, porque Martínez de la Rosa ha desagraviado en

esta parte al cantor de Caupolicán; y lo segundo, porque debemos

suponer que la Araucana, la Eneida de Chile, compuesta en Chile, es

familiar a los chilenos, único hasta ahora de los pueblos modernos

cuya fundación ha sido inmortalizada por un poema épico.

Mas, antes de dejar la Araucana, no será fuera de propósito decir

algo sobre el tono y estilo peculiar de Ercilla, que han tenido

tanta parte, como su parcialidad a los indios, en la especie de

disfavor con que la Araucana ha sido mirada mucho tiempo en España.

El estilo de Ercilla es llano, templado, natural; sin énfasis, sin

oropeles retóricos, sin arcaísmos, sin trasposiciones artificiosas.

Nada más fluido, terso y diáfano. Cuando describe, lo hace siempre

con las palabras propias. Si hace hablar a sus personajes, es con

las frases del lenguaje ordinario, en que naturalmente se expresaría

la pasión de que se manifiestan animados. Y sin embargo, su

narración es viva, y sus arengas elocuentes. En éstas, puede

compararse a Homero, y algunas veces le aventaja. En la primera, se

conoce que el modelo que se propuso imitar fue el Ariosto; y aunque

ciertamente ha quedado inferior a él en aquella negligencia llena de

gracias, que es el más raro de los primores del arte, ocupa todavía

(por lo que toca a la ejecución, que es de lo que estamos hablando),

un lugar respetable entre los épicos modernos, y acaso el primero de

todos, después de Ariosto y el Tasso.

La epopeya admite diferentes tonos, y es libre al poeta elegir entre

ellos el más acomodado a su genio y al asunto que va a tratar. ¿Qué

diferencia no hay, en la epopeya histórico-mitológica, entre el tono

de Homero y el de Virgilio? Aun es más fuerte en la epopeya

caballeresca el contraste entre la manera desembarazada, traviesa,

festiva, y a veces burlona del Ariosto, y la marcha grave, los

movimientos compasados, y la artificiosa simetría del Tasso. Ercilla

eligió el estilo que mejor se prestaba a su talento narrativo. Todos

los que, como él, han querido contar con individualidad, han

esquivado aquella elevación enfática, que parece desdeñarse de

descender a los pequeños pormenores, tan propios, cuando se escogen

con tino, para dar vida y calor a los cuadros poéticos.

Pero este tono templado y familiar es Ercilla, que a veces (es

preciso confesarlo) degenera en desmayado y trivial, no pudo menos

de rebajar mucho el mérito de su poema a los ojos de los españoles

en aquella edad de refinada elegancia y pomposa grandiosidad, que

sucedió en España al gusto más sano y puro de los Garcilasos y

Leones. Los españoles abandonaron la sencilla y expresiva

naturalidad de su más antigua poesía, para tomar en casi todas las

composiciones no jocosas un aire de majestad, que huye de rozarse

con las frases idiomáticas y familiares, tan íntimamente enlazadas

con los movimientos del corazón, y tan poderosas para excitarlos.

Así es que, exceptuando los romances líricos, y algunas escenas de

las comedias, son raros desde el siglo XVII en la poesía castellana

los pasajes que hablan el idioma nativo del espíritu humano. Hay

entusiasmo, hay calor; pero la naturalidad no es el carácter

dominante. El estilo de la poesía seria se hizo demasiadamente

artificial; y de puro elegante y remontado, perdió mucha parte de la

antigua facilidad y soltura, y acertó pocas veces a trasladar con

vigor y pureza las emociones del alma. Corneille y Pope pudieran ser

representados con tal cual fidelidad en castellano; pero ¿cómo

traducir en esta lengua los más bellos pasajes de las tragedias de

Shakespeare, o de los poemas de Byron? Nos felicitamos de ver al fin

vindicados los fueros de la naturaleza y la libertad del ingenio.

Una nueva era amanece para las letras castellanas. Escritores de

gran talento, humanizando la poesía, haciéndola descender de los

zancos en que gustaba de empinarse, trabajan por restituirla su

primitivo candor y sus ingenuas gracias, cuya falta no puede

compensarse con nada.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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El método Coué (Javier Menéndez Llamazares)

A finales de 1944 regresa a su provincia natal Manuel Llamazares, un piloto de la Escuadrilla Azul que ha combatido en el frente ruso. Con la vitola de héroe de la Guerra Mundial, es recibido con enormes fastos por la jerarquía local. Sin embargo, el joven se encuentra en un estado calamitoso, aquejado de una grave enfermedad que le mantendrá postrado durante meses en la casa familiar, en el leonés valle del Curueño.
Durante su convalecencia, al cuidado de Lolita, una prima enfermera, tendrá ocasión de reconstruir lo sucedido desde que se uniera al ejército alemán en 1941. Demasiado joven durante la Guerra Civil, Manuel se alista en el Ejército del Aire al finalizar la contienda; su deseo es ser piloto, pero las plazas están reservadas para los veteranos de guerra. Tras dos años de espera, se une como voluntario a la Escuadrilla Azul, una unidad de élite que, a semejanza de la División Azul, se integra en la Luftwaffe para combatir contra el Ejército Rojo. Tras un periodo de instrucción en Werneuchen, su conocimientos del alemán, adquirido en la escuela, le permiten convertirse oficiosamente en piloto. En el frente de Moscú tiene una actuación destacada, derribando varios aviones. Tras salvar a varios compañeros de una muerte segura en la Batalla de Klin es condecorado y ascendido a oficial. Su fotografía aparece en toda la prensa propagandística de la órbita alemana, lo que confiere una efímera celebridad al “héroe de Klin”. Sin embargo, el ejército español no reconoce su ascenso, y es relegado a tareas administrativas en el cuartel general.
En Berlín trabará una estrecha amistad con el agregado de prensa, Jacinto Alemany. Tras convertirse en su asistente, conocerá de primera mano los entresijos de la diplomacia española y alemana, y los turbios intereses de los corresponsales de prensa, la mayoría a sueldo del gobierno nazi. Convertido en fotógrafo, Llamazares retrata la vida desenfrenada de la gran ciudad; vivirá también los bombardeos, el miedo y la decadencia de una urbe que, a pesar de todo, es capaz de sobrevivir y rehacerse, renaciendo de sus escombros una y otra vez.
Allí conocerá a Claudia Stolz, una joven secretaria del Negociado de Prensa del Ministerio de Propaganda. Tras odiarse a primera vista, los caminos de Claudia y Manuel se entrecruzan varias veces, hasta que la tragedia y el amor terminan por unirles una noche en la Torre Einstein. Juntos vivirán una extraordinaria experiencia, ajenos por completo a un mundo que se desmorona.
En el verano de 1944 Manuel debe regresar a España para tramitar la documentación: planean casarse ese otoño. Sin embargo, cuando vuelve a Berlín, Claudia ha desaparecido. En medio de una gran confusión, tras un atentado frustrado contra Hitler, se desata una persecución feroz contra los opositores al régimen nazi. Y la única pista sobre el paradero de Claudia conduce hasta Prinz-Albrechtstraße, sede de la temible Gestapo, la policía secreta de los nazis.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)

Con la publicación de la que por el momento es su última novela, Lorenzo Silva parece consolidarse como uno de los escritores más prometedores de su generación. A pesar de su juventud (nació en 1966), el novelista madrileño es autor de una obra ya bastante nutrida, que comprende doce novelas (tres de ellas específicamente destinadas al público juvenil) y dos libros de viajes TÍTULO=»\indice1\»>1.

El éxito de su narrativa (El nombre de los nuestros va por la cuarta edición, se reeditan sus primeras novelas y se preparan adaptaciones cinematográficas de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente) se debe en primer lugar al hecho de que Lorenzo Silva es un escritor muy bien dotado para la narración, con un talento innegable a la hora de urdir historias y crear personajes que interesan al lector desde la primera línea. Ahora bien, también es cierto que al menos una parte significativa de su narrativa tiene una clara orientación comercial (perceptible, por ejemplo, en los dos últimos títulos citados, que en cualquier caso no dejan de ser novelas policíacas amenas y muy bien construidas), y que además Silva ha mostrado una gran habilidad para conectar con las inquietudes e intereses de las últimas promociones de lectores, tal como demuestra no sólo su dedicación al ámbito de la literatura juvenil, sino también su participación en el desarrollo de La isla del fin de la suerte, una novela interactiva en Internet TÍTULO=»\indice2\»>2.

Que el éxito comercial no tiene por qué estar reñido con la calidad literaria y con propósitos tan respetables como la recuperación de la memoria histórica y la actualización de la tradición novelística española se demuestra con la novela que ahora nos ocupa. El nombre de los nuestros es, en efecto, un relato bélico “inspirado en los avatares reales vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles” (p. 7), durante las campañas militares de Marruecos, que tan graves repercusiones tuvieron en la vida española de los primeros treinta años del siglo XX. Con esta novela, Silva “resucita” una tradición literaria que tiene prestigiosos antecedentes en figuras como José Díaz Fernández (El blocao, 1928), Ramón J. Sender (Imán, 1930), o Arturo Barea (La forja de un rebelde, 1941-1944) TÍTULO=»\indice3\»>3, y nos recuerda, en unos tiempos tan poco propicios a la defensa de las causas perdidas, el destino de unos hombres sacrificados en una empresa colonial tan absurda como inútil.

Debemos precisar que esta actualización de la tradición novelística sobre las campañas africanas ofrece perfiles singulares, ya que frente a los evidentes propósitos antimilitaristas y antiimperialistas que alientan en las tres obras citadas, la de Silva debe leerse más bien como un homenaje sincero y emotivo, pero a la vez nada proclive a las tentaciones demagógicas, hacia los soldados que participaron en la guerra de Marruecos. El propio autor hace explícita esta intención al final del capítulo 19, significativamente titulado “El nombre de los nuestros”: el sargento Molina, protagonista del relato, pide a uno de sus hombres, superviviente de la aniquilación de la posición avanzada de Sidi Dris, que haga el esfuerzo de recordar ante sus compatriotas a los caídos en la campaña de África; la invocación de Molina es, no hace falta insistir mucho en ello, la misma que el escritor dirige a su público. Debemos tener en cuenta, además (el autor lo menciona en el prólogo y lo ha destacado en varias entrevistas), que el sargento Molina, protagonista de la novela, es un personaje construido a partir de la figura real del abuelo del escritor, Lorenzo Silva Molina, quien luchó en la campaña africana como sargento de infantería.

Quizás no sea ocioso hacer algunas reflexiones en torno a la intención que ha presidido la escritura de esta novela, la cual no me parece, mutatis mutandis, muy diferente a la que subyace a un documental como Extranjeros de sí mismos, de José Luis López-Linares y Javier Rioyo. Novela y documental proponen un modelo de recuperación de nuestra memoria histórica reciente que, sin abandonar completamente el terreno de la interpretación ideológica, prefiere destacar el testimonio de unas peripecias vitales extraordinarias, palmariamente ignoradas por las nuevas generaciones de lectores y espectadores. No es un enfoque carente de riesgos —Manuel Vázquez Montalbán y otros significados portavoces de la izquierda clásica ya los han señalado en varias ocasiones—, pero en cualquier caso supone un meritorio esfuerzo de difusión de la historia reciente, sin complejos de culpabilidad añadidos, y un intento muy laudable de ganar para la novela y el cine español a un público más bien adormecido por los dudosos encantos de la modernidad.

La publicación de la novela de Lorenzo Silva no le viene nada mal a una sociedad como la española, cuyas jóvenes generaciones ya no tienen ante sí el horizonte del servicio militar para recordarles qué significaron, tanto desde la dimensión pública como desde la experiencia individual, aquellas campañas militares, nutridas por soldados de reemplazo con escaso o nulo fervor por la causa que habían sido obligados a defender. En estos tiempos en que el enfoque mediático parece restringir las señas características de lo militar al “espectáculo” de las intervenciones humanitarias (la participación de las fuerzas multinacionales, incluidas las españolas, en Bosnia y Kosovo es un ejemplo clarísimo) y en los que la principal consideración de las autoridades político-militares es la limitación a cualquier coste de las bajas propias (recordemos lo que ocurrió durante la Guerra del Golfo o en la campaña aérea sobre la Yugoslavia de Milosevic), Lorenzo Silva nos recuerda el incómodo papel que siempre le ha tocado desempeñar a la infantería y el valor que encierra el cumplimiento del deber y el sacrificio personal, incluso cuando éstos se llevan a cabo por causas equivocadas. Por otra parte, no deja de tener su aspecto irónico el hecho de que, en una sociedad obsesionada por la corrección política y el recurso al eufemismo, aparezca una novela que retrata sin ningún pudor las sevicias sufridas por los soldaditos españoles a manos de “los moros”.

Claro que difícilmente podríamos esperar otro planteamiento en un texto como éste, es decir, una novela de guerra en sentido estricto, caracterizada por la crudeza de sus episodios bélicos y narrada desde la perspectiva exclusiva de uno de los dos bandos en conflicto. Ello no significa que estemos ante una narración maniquea ni menos aún xenófoba, ya que, aparte de poner en solfa continuamente la legitimidad de la presencia española en el norte de África, el autor contempla a los irregulares rifeños con la admiración que merecen su coraje, su capacidad combativa, su estoicismo e incluso sus ocasionales gestos de caballerosidad (así ocurre hacia el final de la novela, cuando los harqueños devuelven el cadáver del coronel Morán, a quien tanto respetaban). Por otra parte, Silva no ahorra calificativos elogiosos hacia las tropas indígenas alistadas en el bando español (entre ellas destaca el sargento Haddú, que sacrifica su vida en un acto de lealtad revestido de todos los atributos del heroísmo más admirable). Ahora bien, tampoco hay que pensar que Lorenzo Silva haya “cambiado de bando”, en una de esas acciones típicas del pensamiento políticamente correcto —en realidad, mistificaciones de la realidad histórica— que tan frecuentes son en nuestros días. La crueldad de los harqueños, su ensañamiento con los prisioneros españoles, su rapacidad y cinismo aparecen nítidamente reflejados, sin regodeos morbosos, pero al mismo tiempo sin concesiones al relativismo cultural.

Los muchos méritos que reúne El nombre de los nuestros no sólo se reducen a la agilidad narrativa, que ya hemos señalado como un rasgo característico de las novelas de Lorenzo Silva. También en la reconstrucción histórica —con las oportunas licencias, sobre las que el autor llama la atención en la “Advertencia preliminar”— se muestra muy eficaz, tal como demuestra el capítulo 3, donde relata la conversación de los generales Dámaso Berenguer, Alto Comisario en Marruecos, y Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de Melilla, en el cañonero Laya, a propósito de sus diferencias sobre la conducción de la campaña africana. El episodio, en gran parte imaginario, es en cualquier caso muy ilustrativo del desgobierno e impericia con que las autoridades militares trataron las operaciones bélicas, y constituye un buen ejemplo de la habilidad del autor para manejar los hechos reales y convertirlos en materia novelística. La documentación histórica y el conocimiento de los pormenores de la campaña africana se adivinan bajo el discurrir de la acción, perceptibles en el rigor y verosimilitud de los detalles (podemos ver un buen ejemplo de cómo emplea Silva los “efectos de realidad” en el capítulo 4, en la secuencia de la construcción de la posición fortificada de Talitit por las tropas de ingenieros), pero siempre subordinados a su virtualidad narrativa, a su función como soporte imprescindible de la construcción de la trama y la eficacia emotiva del relato.

También la estructura novelística está plenamente lograda. La narración, que comprende 19 capítulos y un epílogo, se mueve entre tres escenarios básicos —las posiciones avanzadas de Sidi Dris, Afrau y Talilit—, que alternan entre sí a lo largo de la novela, con alguna desviación hacia escenarios de importancia secundaria, como el cañonero Laya y la retaguardia melillense, en cualquier caso muy relacionados con los anteriores. En cada uno de los tres espacios principales se repite un esquema narrativo común, que comienza con la descripción de la posición, continúa con la creación de un tejido de relaciones entre los personajes que la ocupan y finaliza con el relato del asalto y los combates subsiguientes.

Para evitar la posible dispersión en la atención del lector y lograr su identificación con la suerte de los personajes, Silva recurre a un expediente narrativo que no resultará desconocido para los aficionados a los relatos bélicos (podemos recordar, a este respecto, películas que ofrecen una gran variedad de escenarios y personajes, como El día más largo o Un puente demasiado lejano); en efecto, en cada una de las posiciones hay emparejamientos de personajes que establecen intensas relaciones personales, en torno a las cuales giran la mayor parte de los conflictos y se concentra el dramatismo de las acciones: Andreu-cabo Rosales (Sidi Dris y Talilit), cabo Amador y sargento Molina (Afrau), alférez Veiga y contramaestre Duarte (cañonero Laya), sargento Molina-sargento indígena Haddú (Afrau), Andreu-cabo Amador (Talilit), sargento Molina-cabo González (Afrau), etc. Algunos capítulos —el 14, que narra la desbandada de Sidi Dris, y el 18, en el cual se cuenta cómo el cabo Amador entierra los cadáveres de sus compañeros muertos en combate— actúan como núcleos organizadores del relato, pues en él se reagrupan (vivos o muertos) varios de los protagonistas, dispersos hasta entonces por diferentes escenarios.

La intensidad de la narración no sólo deriva del acertado diseño estructural, sino también del muy visible tono de tragedia que la recorre. Esta dimensión trágica se configura a partir de un abrupto inicio —la muerte del soldado Pulido, que él mismo anuncia como inevitable, al comienzo del capítulo 1, suceso con el que se inaugura además uno de los motivos temáticos recurrentes, el de la violencia seca y descarnada—, y se refuerza a lo largo de los primeros capítulos mediante episodios que de algún modo anuncian el desenlace: la despedida entre el alférez Veiga y el coronel Morán (p. 52) y la marcha desde Sidi Dris a Talilit, durante la cual el cabo Rosales le cuenta a Andreu lo terrible de las retiradas ante los moros (pp. 54-56). El tono trágico procede también de otros elementos fundamentales del relato, entre los cuales hay que señalar la concentración temporal (dieciocho de los veinte capítulos se desarrollan durante los meses de junio y julio de 1921, los cuales todavía parecen más breves gracias al inteligente uso de la elipsis) y el carácter cerrado (cercado, para ser más exactos) de los escenarios. En algunos de los momentos de mayor fuerza expresiva, como los capítulos 14 y 16, la tragedia crece hasta un verdadero paroxismo destructivo, con episodios de heroísmo casi demente que destacan sobre un fondo apocalíptico, y en los cuales predomina más la conciencia de lo inevitable, de un fatalismo resignado, que la asunción racional del sentido del deber.

Los personajes de El nombre de los nuestros están, en líneas generales, muy bien trazados. Aunque no sea ésta una novela “de personajes” en sentido estricto, ya que la intensidad y el dinamismo de la acción impiden una visión más profunda de la vida interior de los protagonistas, hay que reconocerle al autor una gran capacidad para concebir criaturas de ficción vívidas, potentes, dotadas de una poderosa fuerza de convicción y especial verosimilitud. En este sentido, es inevitable destacar la figura del protagonista principal, el sargento Molina, cuyo retrato —el de un hombre íntegro y decente, valeroso pero sensato, con autoridad indiscutible sobre sus hombres, pero también comprensivo hacia sus flaquezas y debilidades, leal a las órdenes recibidas y al mismo tiempo escéptico hacia la actuación militar en el norte de África, una región cuya sequedad y ascetismo son, en cierta medida, metáfora de su propio espíritu— resulta muy atractivo.

En la construcción de sus criaturas de ficción, Lorenzo Silva utiliza diversos procedimientos, que abarcan desde la omnisciencia narrativa hasta el diálogo en estilo directo, pasando por combinaciones de ambos y por otras perspectivas intermedias. De todos ellos me parece especialmente lograda la técnica consistente en hacer vivir a los personajes acciones que definen su verdadera personalidad sin innecesarios subrayados del narrador. Un ejemplo muy significativo es el capítulo 2, en que el sargento Molina consigue que un oficial, irritadísimo por las trapisondas del mono Luisito, no dispare al macaco; en esta intervención se revelan algunas cualidades del personaje: su sensatez, la autoridad que emana de su porte, de su modo de ser y de hablar, su interés por los hombres a su cargo, su comprensión del otro, su humanidad. Otro ejemplo de esta técnica lo hallamos en el capítulo 7, cuando Molina elimina de un plumazo la corruptela de los soldados que pagan a sus camaradas para evitar salir en misión de aguada, demostrando así otro rasgo clave de su carácter, como es su innato sentido de la justicia, su energía para enfrentarse a los abusos. Y aunque el personaje se defina más a partir de sus acciones que de sus palabras, pues es hombre cauto y reservado, sus escuetas declaraciones siempre se caracterizan por su buen sentido; a este respecto, hay dos frases que resumen perfectamente su talante, ambas en la página 71: “no se puede abusar de quien es más débil. Quien hace eso o lo consiente, ensucia el mundo”; “las perras corrompen, pero la miseria corrompe más. Ésa es la mala ley de la vida”.

No hay duda de que el sargento Molina es un magnífico personaje. Acaso el único reproche que se puede hacer al autor con respecto a su protagonista es que resulta tal vez demasiado entero, demasiado “bueno”, para un escenario tan desdichado y negativo como el que en la novela se describe. Su honradez e integridad, sus reticencias ante la oficialidad (en las que subyace un evidente conflicto de clase que también alienta en otros personajes de la novela, como el anarquista Andreu o el ugetista Amador) TÍTULO=»\indice4\»>4, incluso su capacidad de ver más allá de las circunstancias estrictamente militares para cuestionar la política colonialista en el norte de África (por cierto, no es el único suboficial que comparte este planteamiento, como pone de relieve la conversación entre el contramaestre Duarte y el alférez Veiga en el capítulo 3), dibujan el perfil de un personaje que, sin abandonar del todo ciertas características del clásico héroe épico —véase, por ejemplo, su valerosa actuación, de un heroísmo inaudito, en los capítulos 13 y 15, que narran el asalto y la retirada de Afrau—, tiene además muchos puntos de contacto con el modelo del héroe “a su pesar”, característico de muchas novelas bélicas TÍTULO=»\indice5\»>5.

Al comienzo de esta reseña hacíamos algunas consideraciones sobre el sentido de la novela y sobre su condición ideológica. Querría aclarar ahora que, en mi opinión, y a pesar de que el autor no oculta en ningún momento la crítica hacia el estamento castrense, no creo que debamos considerar El nombre de los nuestros como una novela antimilitarista. Es cierto que entre los mandos militares que aparecen en ella abundan las conductas de criminal incompetencia —la infravaloración de la capacidad combativa del enemigo, la asunción de riesgos tácticos y estratégicos innecesarios, la descoordinación, el desprecio por las vidas de los reclutas, que más bien semejan corderos destinados al sacrificio, tal como pone de relieve el ya mencionado episodio inicial del soldado Pulido— y también las muestras de un comportamiento despreciable: generales arrogantes como Fernández Silvestre, oficiales señoritos y chulescos, investidos de un prejuicio de superioridad no sólo respecto a “los moros”, sino a sus propias tropas, cabos y suboficiales embrutecidos por el alcohol, el desarraigo y la corrupción.

Pero frente a ellos, también contemplamos a militares dignos, como el coronel Morán (que parece estar basado en un oficial real caído en el desastre, el coronel Morales), el alférez Veiga y, sobre todo, el sargento Molina, en el que se ejemplifican virtudes militares que indudablemente el autor admira: el sentido del deber, la lealtad, la camaradería, el estoicismo. Y aunque el heroísmo irracional, característico de los hechos de guerra, está contemplado a través de un prisma de escepticismo crítico, el escritor no llega a condenarlo del todo: incluso algunos oficiales que destacan por sus baladronadas y su altivez alcanzan en el momento del combate cierta dignidad inesperada, que procede de un coraje primitivo, enloquecido, y de una voluntad de sacrificio que no por absurda resulta menos impresionante; así ocurre por ejemplo en el capítulo 10, que narra el asalto a Talilit, cuando el teniente artillero, protegiendo el repliegue de sus soldados, se enfrenta con valentía suicida a la embestida de la harka. Silva llega incluso a proponer una interpretación del desastre bélico en términos de experiencia iniciática, de acontecimiento íntimo, capaz de transformar el carácter de los supervivientes —véanse las reflexiones que realiza el alférez Veiga a propósito de la aniquilación de los soldados españoles, en la página 157—, que aunque pueda ser discutible desde perspectivas ideológicas tiene sin embargo una indiscutible carga emotiva.

Una novela de guerra como la que ha escrito Silva no podía prescindir de la descripción realista de las condiciones de la vida en las posiciones de vanguardia. Es un realismo que no ahorra al lector detalle crudos y hasta brutales, imprescindibles en la tradición de los relatos bélicos, y en el que destaca singularmente la habilidad narrativa del autor. Las escenas de combate son rápidas, rotundas, contundentes, llenas de terribles sucesos de una fuerza e intensidad dignas de elogio. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero yo seleccionaría los asaltos a las posiciones de Talitit, Afrau y Sidi Dris (capítulos 10, 14 y 16 respectivamente), absolutamente magníficos, con su combinación de episodios de escalofriante violencia —heridos rematados por sus propios compañeros, soldados torturados por la sed, hombres que, al borde de perder la razón, reservan su última bala para no caer prisioneros, hospitales de campaña donde se amontonan los heridos en condiciones infernales, prisioneros horriblemente atormentados por los harqueños— y diálogos descarnados, implacables, de una expresividad que no sólo procede de la tensión del momento, sino de su laconismo y absoluta falta de retórica.

Lorenzo Silva hace uso de un castellano rotundo, que no retrocede ante los tacos, las blasfemias o las rudas expresiones del argot cuartelero. Sin embargo, también demuestra su capacidad para el interludio lírico, generalmente asociado a la evocación del paisaje norteafricano. Así ocurre, por ejemplo, en las páginas 74-75, en las que el sargento Molina recuerda ante el cabo Amador la ciudad montañosa de Xauen, tan semejante a los pueblos blancos andaluces, con su insólita judería y su aire misterioso y embriagador. También el alférez Veiga, a bordo del cañonero Laya, percibe la inevitable seducción del paisaje africano:

“El contraste de luces y sombras, silencios y estruendos, tenía para Veiga una caprichosa armonía. Durante el día, la calima y el polvo lo difuminaban todo, pero al anochecer se producía una transformación súbita y cautivadora. La mar, el aire, la costa misma, todo tenía un fulgor extraño. Hasta los hombres que allí estaban intentando matar y no morir debían sentirse sobrecogidos por la inaudita belleza de que se revestía el paisaje africano mientras huía la luz y se les venía encima la noche llena de incertidumbres” (p. 161).

Esta novela de trincheras, dolor y sufrimientos apenas imaginables también reserva un espacio para otras emociones que las derivadas de las acciones militares. En unos casos es el humor, teñido de notas grotescas y hasta esperpénticas, como ocurre con las aventuras del mono Luisito en la posición de Afrau (capítulos 2 y 8). En otros es el deseo sexual, que alcanza un nivel de intensa tensión en el relato que hace el cabo Rosales a Andreu de su encuentro con una mujer rifeña en el recinto de un morabito (pp. 92-94, capítulo 6). Tampoco faltan los momentos más reposados, en los que se expresa la rutina de la vida en las trincheras y se da cauce a la revelación de la intimidad de los soldados (véase el capítulo 5, significativamente titulado “Añoranzas nocturnas”), o los retratos casi costumbristas, como el de los asfixiantes blocaos, con sus interminables partidas de naipes y sus penosas condiciones higiénicas (capítulo 6). Y me parece muy revelador que la novela, que como ya hemos dicho se caracteriza por una violencia creciente hasta el paroxismo, termine sin embargo con un reposado epílogo (situado seis años después del desastre, tras el desembarco de Alhucemas), que proyecta un hermoso tono melancólico sobre el ánimo del lector. En este capítulo final, la mirada del narrador pasa ágilmente desde el acorazado donde presta servicio el ya oficial de marina Veiga hasta la recién creada ciudad en la que el sargento Molina asiste en posición de firmes a la revista real de las tropas españolas, finalmente vencedoras. Las emociones de ambos, distantes, escépticas, proporcionan un adecuado contrapunto melancólico, un adagio tan emocionante como desengañado, al agotador frenesí de los combates. Los dos soldados comprenden cómo su heroísmo ha sido manipulado y ha sido transformado en un acto inútil, pero se dan cuenta también de que nunca podrán olvidar lo que han vivido. Y así su recuerdo pasa a formar parte de nosotros, los lectores, para quienes Veiga, Molina, Amador, Andreu o Haddú llevan ya, desde el mismo momento en que cerramos la cubierta de esta emocionante novela, “el nombre de los nuestros”.

Notas

TÍTULO=»\nota1\»>1. Noviembre sin violetas, Madrid, Ediciones Libertarias, 1995, reeditado en Destino (Col. “Destino Libro”); La sustancia interior, Madrid, Huerga y Fierro, 1996, reeditado en Destino (Col. “Áncora y Delfín”), 1999; La flaqueza del bolchevique, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 779), 1997, reeditado en Booklet, 1998 y en “Destino Libro”, 2000; El lejano país de los estanques, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 812), 1998 [premio “El Ojo Crítico” de narrativa]; El ángel oculto, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 844), 1999; El urinario, Valencia, Pre-Textos (Col. “Narrativa”, 10), 1999; El alquimista impaciente, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 890), 2000, reeditado por Planeta y Círculo de Lectores (2000); El nombre de los nuestros, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 919), 2001; La isla del fin de la suerte, Barcelona, Círculo de Lectores, 2001; El cazador del desierto, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; La lluvia de París, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 2000 [novela juvenil]; Viajes escritos y escritos viajeros, Madrid, Anaya (Col. “Punto de referencia”), 2000) [libro de viajes]; Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001 [libro de viajes]. «

TÍTULO=»\nota2\»>2. La isla del fin de la suerte se aloja en la web del Círculo de Lectores. Esta no es la única relación del novelista con Internet y las nuevas tecnologías, pues también ha elaborado una web personal donde ofrece noticias biográficas, extractos de las críticas recibidas por sus novelas, una completa bibliografía, textos inéditos muy representativos de sus inquietudes y aficiones, etc. A todo ello hay que añadir la aparición (octubre de 2001) de alguno de sus textos breves (el relato “Liberty City”) en formato de libro digital o e-book, publicado por la Editorial Badosa. «

TÍTULO=»\nota3\»>3. La novela de Lorenzo Silva se ha publicado apenas un año después que Una guerra africana, Madrid, Ediciones SM (Col “Gran Angular”, 195), 2000, de Ignacio Martínez de Pisón, novela juvenil cuya acción transcurre con posterioridad a los sucesos del desastre de Annual. Aunque inferior en calidad a El nombre de los nuestros y muy diferente en su planteamiento argumental (pues, a pesar de lo que sugiere el título, su centro de gravedad no es tanto la campaña militar cuanto el relato de una poco creíble peripecia sentimental que se desarrolla sobre el fondo de la contienda africana), la novela de Martínez de Pisón comparte con la de Silva unos cuantos rasgos comunes: no sólo las inevitables referencias al marco histórico, sino también la focalización del relato en torno a un suboficial de baja extracción social (el sargento Medrano, escéptico ante la guerra y al mismo tiempo entregado a su deber), que tiene numerosos puntos de contacto con el sargento Molina de El nombre de los nuestros. La novela de Silva guarda también algunas conexiones con la famosísima Morirás en Chafarinas, de Fernando Lalana, no sólo por su ambientación norteafricana y por algunos detalles de los protagonistas (soldados de reemplazo), sino también por la insistencia en las notas de escepticismo y desarraigo que en ambas novelas aparecen. «

TÍTULO=»\nota4\»>4. A este respecto resulta muy ilustrativo el capítulo 5, donde el cabo Amador y el sargento Molina charlan sobre el sentido de la guerra y su propia intervención en ella. Molina revela en esta conversación uno de los rasgos fundamentales de su personalidad: el sentido del deber, el compromiso nacido de un convencimiento personal que se impone por sobre las comodidades y los intereses mezquinos, hasta el punto de que Amador, el sindicalista de la UGT opuesto a la guerra y a sus enemigos de clase, acaba comprendiendo las intenciones y motivos de su superior, que en principio le parecían inaceptables. «

TÍTULO=»\nota5\»>5. Estas características no son insólitas en los personajes de Lorenzo Silva. De hecho, buena parte de ellas pueden advertirse en el sargento Rubén Bevilacqua, protagonista de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente. Aunque el sargento Molina haya sido forjado a partir del recuerdo de un hombre de carne y hueso, no es menos cierto que sus rasgos distintivos —el sentido del deber, la rectitud, la solidaridad con los hombres bajo su mando, el distanciamiento frente a la oficialidad— pueden detectarse en alguno de los antecedentes narrativos que ya citamos al principio de esta reseña; pienso, por ejemplo, en el personaje del sargento Carlos Arnedo, protagonista del episodio 4 (“Magdalena roja”) de El blocao, de José Díaz Fernández. Además, el tipo no es ajeno a la tradición de los relatos bélicos contemporáneos; pienso, por ejemplo, en personajes como el sargento primero Milton Warden, de la novela de James Jones De aquí a la eternidad (1951), o el sargento Croft de Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer. «

Para saber más

Quienes tengan interés en ampliar la información sobre la novela y su autor pueden consultar las siguientes fuentes:

  • TÍTULO=»\biografía\»>Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001. En este libro de viajes, que relata su estancia en el norte de Marruecos, Lorenzo Silva proporciona significativos detalles de la biografía de su abuelo y abundantes noticias históricas de las campañas africanas (véanse, en relación con los sucesos que relata la novela, las pp. 104-108). Al leer Del Rif alYebala no sólo podemos verificar muchos aspectos del complejo proceso de creación novelística que se halla tras El nombre de los nuestros, sino que además confirmamos esa poderosa sensación de realismo y autenticidad que se desprende de la novela.
  • Web personal de Lorenzo Silva: imprescindible para un contacto de primera mano con la trayectoria biográfica y los intereses del escritor. También hay un foro de noticias sobre el escritor muy recomendable.
  • El desastre de Annual: una web con información detalladísima sobre lo que fue y lo que significó este pavoroso episodio de la historia española (incluye fotografías). 
  • En los últimos años, la guerra de África ha vuelto a suscitar el interés de los escritores españoles, como demuestra el magnífico reportaje de Manuel Leguineche, Annual, 1921: el desastre de España en el Rif, Madrid, Alfaguara, 1996. Este libro incluye, a modo de apéndice, el llamado “Expediente Picasso”, encargado por el gobierno español al general Juan Picasso para averiguar las causas de la derrota militar; en las páginas 143-144 y 147-150 de este apéndice se relatan pormenorizadamente los combates en las posiciones de Talilit, Sidi Dris y Afrau.
  • También en el plano estrictamente literario hay significativas muestras de este renovado interés, pues se han reeditado dos de las grandes novelas sobre la guerra de África: El blocao de José Díaz Fernández (Madrid, Viamonte, 1998), con prólogo de José Esteban; e Imán, de Ramón J. Sender, (Barcelona, Ediciones Destino, Col. “Clásicos Contemporáneos Comentados”, 2001), con comentarios de Lorenzo Silva.
  • En su número 69, de septiembre de 2002 (pp. 34.37), la revista Qué Leer dedica un interesante y bien documentado reportaje, titulado “Moros en la costa”, a la relación entre la literatura y los desastres bélicos sufridos por las tropas españolas en el Norte de África.
  • El propio Lorenzo Silva (suplemento dominical El Semanal, nº 800, del 23-II al 1-III de 2003, pp. 54-58), ha anunciado recientemente la preparación de un documental sobre la desastrosa retirada de Annual. En este proyecto, basado en un guión del novelista, intervienen los cineastas Manu Horrillo y Benito Zambrano. Más información en la web http://www.arreyenlao.com y en la web del novelista.
La versión original de esta reseña ha sido publicada en la web personal de Lorenzo Silva, a quien agradezco sinceramente los elogios que dedica a mi trabajo.

 

 

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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EL TIEMPO DE LOS EMPERADORES EXTRAÑOS (Ignacio del valle)

Invierno de 1943.Frente de Leningrado.Un soldado de la división azul es hallado sin vida en un lago, con una enigmática frase grabada en su pecho: "Mira que te mira Dios".Será el primero de una cadena de crímenes tan brutales como inconexos.

Un soldado de oscuro pasado y un fiel sargento del Ejército reciben la misión de encontrar el móvil y al culpable, pero no hallarán facilidades de parte de una cúpula militar llena de secretos…

De su mano se irán despejando los misterios de una historia en la que nada es lo que parece, y donde los pasos nos encaminan hacia un lugar en el que reina el horror, el vacío, el absurdo.

Ignacio del Valle, integra historia y ficción en una trama dominada por el suspense y de una intensidad que nunca decae.Los inquietantes rituales masónicos que rodean los crímenes, las intrigas del poder militar, unos personajes a quienes la guerra despojó de toda

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LA CASA DEL ALFABETO (Jussi Adler Olsen)

alemania, Segunda Guerra Mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente, logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta La Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de alemania. Mientras la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?

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